BIBLIOTECA de LA NACIÓN      

EUGENIO SCRIBE

CARLOS BROSCHI

TRADUCCIÓN DE
 
G. NÚÑEZ DE PRADO

BUENOS AIRES
1912

Derechos reservados.

Imp. de La Nación.—Buenos Aires

Carlos Broschi: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV
El rey de oros
El precio de la vida
Judit o el palco de la ópera: I, II, III, IV, V, VI

CARLOS BROSCHI

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I

Entró en el salón una joven y detúvose ante el sofá, donde dormíaJuanita con un sueño penoso y agitado. Hacía un calor asfixiante, y lajoven abrió con precaución las ventanas del aposento. Desde éstasdivisábase la ciudad de Granada y su incomparable vega. A la derecha, ysobre las ruinas de una mezquita, se elevaba la iglesia de santa Elena,frente a la cual un parque a la francesa extendía sus simétricas calles;magníficas fuentes octógonas dejaban oír el murmullo de sus aguas en lossitios donde se ostentaban en otros tiempos los bellos jardines delGeneralife, y en cuyos alminares había flotado el estandarte de losAbencerrajes. A la sazón, el viejo palacio de los reyes moros servía demorada de retiro, y bien pronto, quizá, de tumba a una joven que dormía,pálida y fatigada, sobre su lecho de dolor.

Juanita, condesa de Pópoli, apenas contaba veinticinco años, y subelleza, célebre en las cortes de Nápoles y de España, hizo que lospintores de aquel tiempo le dieran el sobrenombre de la Venusnapolitana. Nunca título alguno había sido tan merecido; porque, a unafisonomía encantadora, reunía una sonrisa tan graciosa, que nada podíaresistir a ese encanto indefinible que procede del alma: celestialbelleza que los sufrimientos no habían podido alterar ni el tiempodestruir.

En la época en que el pueblo de Nápoles hizo esfuerzos inútiles parasacudir el yugo de España, el conde y la condesa de Pópoli viéronse muycomprometidos, y esta joven, tan débil en apariencia, hízose admirar porsu energía y su valor. Poco después quedó viuda, dueña de su mano y deuna inmensa fortuna; rodeábanla los más solícitos homenajes, y sólo ellaparecía ignorar las riquezas que poseía y la belleza que tanto la hacíabrillar. Nadie, en efecto, habría podido pasar sin estos dones tan biencomo ella, pues no los necesitaba para hace

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